En España llevamos semanas confinados y confinadas en pisos, más o menos pequeños. En comunidades empobrecidas de África donde trabajamos, el confinamiento es un espejismo, un lujo que el 50% de la población del continente no se puede permitir.

 

Queremos salir a pasear, a tomar el aire, a abrazar a nuestras amistades. Queremos retomar nuestra normalidad, nuestras rutinas. El confinamiento forzoso es un escollo para nuestro desarrollo, y afecta a nuestra economía y nuestra salud mental y física. En las comunidades más empobrecidas de África en cambio, el confinamiento no es una opción. Desde hace un par de semanas varios departamentos de Benín viven en un confinamiento teórico, ya que la economía informal sustenta a miles de familias beninesas.

La realidad socioeconómica de este y otros países africanos es complicada ante la crisis que la COVID-19 puede generar. Estos países se sustentan en una economía informal, modo de vidade millones de personas que se ganan la vida transitando mercados, realizando ventas ambulantes y utilizando transportes colectivos que imposibilitan el distanciamiento social. A todo ello se suma la situación de los hogares, donde muchas personas viven hacinadas en un único espacio común, comparten grifo y letrinas comunitarias, no tienen acceso a sistemas de agua, higiene y saneamiento seguros, y sobreviven con los ingresos diarios generados por la agricultura. No hay que olvidar que solo un 15% de la población en África subsahariana tiene acceso a un grifo y jabón para lavarse las manos, actividad esencial para prevenir la propagación del nuevo coronavirus.

Por todo ello, en Anesvad mantenemos nuestras intervenciones a pesar de los estragos que la propagación del coronavirus está ocasionando en África. Seguimos de cerca la evolución de la pandemia en el continente y, junto a los ministerios de salud de los países donde implementamos nuestros proyectos, estamos involucrándonos en los planes de contingencia contra el virus.