El personal de enfermería sigue estando expuesto al virus de forma constante y su salud mental está en riesgo. La COVID-19 ha trastocado las vidas de millones de personas de múltiples maneras. Existen riesgos psicológicos que pueden afectar a su bienestar y a su trabajo de cuidados y atención continua. Hemos hablado con 4 enfermeras sobre el impacto emocional al que se están enfrentando en este año de pandemia.

“Estamos agotadas”

Andrea Sánchez, enfermera de urgencias en el hospital de Santiago de Vitoria, ha vivido la pandemia de cerca. “Nosotras hemos dado el 300% desde el principio. Estamos agotadas, y viendo que esto encima se alarga ahora que es invierno”, admite. La esperanza de controlar los contagios a través de la campaña de vacunación no garantiza que pueda haber más repuntes, un temor compartido por muchas profesionales sanitarias.

Leire Ponte recuerda cómo vivió los momentos más duros de la pandemia desde el Hospital de Cruces de Bilbao: “De repente pasamos de tener 200 camas UCI a tener 270. El material que había no llegaba. Hacíamos lo que buenamente podíamos con lo que había”, confiesa. El impacto psicológico de la saturación de hospitales y la impotencia de no poder combatir una enfermedad desconocida ha hecho mella en la salud mental de muchas profesionales. “El ambiente era de derrota. Veíamos a pacientes fallecer solos, porque estaban completamente solos, y nosotras teníamos la sensación de correr y no llegar a todo por falta de medios técnicos y humanos”.

Somos nosotras las que corremos mayores riesgos de contagio”

En Costa de Marfil, Pauline Murielle Demisere admite estar siempre alerta ante los daños que la COVID-19 pueda ocasionar sobre la ya debilitada atención primaria. Ella es consciente de que “todas las miradas estaban puestas en nosotras” como dique de contención contra el virus. “Al comienzo de la pandemia vivimos momentos de enorme estrés, no solo por la información que recibíamos y por la aplicación estricta de las medidas preventivas, sino porque estábamos expuestas al riesgo de contagio” asegura.  

Rosalie Sessi, que trabaja en la Polichinelle Wossinu y Gbogbo de Lomé, la capital de Togo, coincide conPauline en que “somos nosotras las que corremos mayores riesgos de contagio, pues tratamos a estos pacientes con cercanía hasta que abandonan el centro”.

Desde Anesvad, reivindicamos una mejor capacitación en materia de prevención y control de contagios, incluida la disponibilidad de suficientes equipos de protección personal, así como un mayor acceso a PCR y test del personal sanitario. Una mejor protección de las y los trabajadores de la salud significa una mejor protección para los pacientes y para toda la sociedad.